La habitación de los porros

VelasHubo un tiempo en mi vida en que tuve mi propia casa, no sé si os lo había contado. Tan mía como la de cualquiera que firma una hipoteca a 3.500 años y tal, pero yo pensaba que era mía. Es larga la historia de donde fue a parar, puede que algún día la cuente pero hoy no viene al caso.

Tenía tres habitaciones, un baño, cocina y salón. Sencilla a la par que más que suficiente para un servidor, que seguía estando soltero y sin perspectiva de formar una familia por aquellos años. Tengo lagunas temporales pero será hace unos 15 años cuando tuve esa casa durante 2-3 años. Recuerdo haber visto en esa casa el 11-S así que por ahí la ubico temporalmente. De esas tres habitaciones, de las cuales me sobraban 2 para vivir, una era el dormitorio y la segunda la convertí en «el cuarto del ordenador». Despacho aquello era mucho pedir.

De ese cuarto del ordenador recuerdo especialmente su color morado en las paredes. Fue mi decisión. Desde el primer momento quería ese color morado. No moradito suave. Morado profundo. Recuerdo que nadie lo veía. Todos querían un color pastel relajante. Yo tenía claro qué morado quería. Al final recuerdo a mis hermanas echándome una mano a pintar aquella habitación de morado. Entre todos. Fue divertido y esa acabó siendo mi habitación más usada, aparte del salón por la tele y poco más.

El tercer dormitorio casi desde el primer momento surgió la idea de ser «la habitación de los porros». Tenía de casa de mi hermana una barra de bar de bambú que pegaba en esa habitación. Era pequeña y estrecha. Desde el primer día la visualicé en tonos ocre/marrones oscuros en las paredes. Oscura pero relajante, no amenazadora. Techo oscuro, con estrellas pintadas. Suelo lleno de cojines, jarapas, pubs, nada de sillas, por favor. En las paredes algún cuadro suave, algún espejo pequeño y algún «atrapasueños» colgado del techo. Un ventilador central de techo de esos de películas ambientadas en Marruecos para refrescar el ambiente y cortinas/stores en la ventana para poder reducir la luz a su mínima expresión.

Una cadena de música y unas lámparas de suelo que dejasen una luz entre crema o roja serían el complemento perfecto. Aunque la luz principal saldría de unas cuantas velas de diferentes tipos, que crean luz, color y aromatizan. No demasiado incienso, quizás un poco pero que no cargue el ambiente.

Y si, en la habitación de los porros se fumarían porros. Ese es su nombre y su destino. No voy a decir lo que debéis hacer o dejar de hacer con vuestra vida, válgame Buda, pero si os cuento que yo he fumado porros, de diferentes tipos, y los fumo si encarta. Ya me podéis crucificar si queréis. No seria obligatorio fumar en ese habitación, aunque sería bienvenido. En cigarro o en una de las cachimbas que habría en la habitación de los porros.

Se bebería sin problema. Se escucharía a Enya o cualquier otra música que resulte relajante. O ninguna música quizás, sólo la conversación. Porque sería una habitación para fumar porros y sobre todo para hablar. Estaba destinada a ser una habitación donde todo el mundo pudiera desinhibirse. Lo que pasara en la habitación de los porros quedaría en la habitación de los porros.

Esa sensación de paz, de dejarse llevar, de flotar… que dan los porros es el complemento perfecto. Ese perder el control, sentir que ciertas barreras caen. Ese tener los sentimientos y sensaciones a flor de piel. Ese sentir que cada roce en la piel provoca escalofríos. Sí, la habitación de los porros hubiera sido una habitación donde quererse. En todos los sentidos de la palabra. Una habitación donde los problemas se diluirían como el humo de los porros y donde cada beso sería irrepetible. Donde abrazarse y besarse con la gente que quieres, en el sentido fraternal o de pareja, como encartara. Porque en la habitación de los porros habría magia.

Es una idea que comenté con más de una persona y nadie la vio mal. Todo el mundo pensaba que esa habitación encajaba para eso. Todo el mundo quería probarla. Se convirtió primero en una sala de juegos. Con una diana junto a la barra del bar y un sofá. Luego se convirtió en trastero, cuarto de plancha y finalmente dejé esa casa. La habitación de los porros solo existió en mi mente. Y a ella vuelve aquella idea de vez en cuando. Y pienso si no sería posible hacerla hoy en día en esta casa. No es el momento, pero esa semilla está en mi cabeza. Esa habitación de los porros, antes o después, existirá.

Compartiré en ella con alguna persona muy muy especial algunos momentos increíbles. Compartiré amistad, cariño, charlas interminables, amor, sexo, risas, lágrimas… porque en esencia la habitación de los porros será la habitación en la que abrirse y compartir. Compartir nuestro yo más profundo. Y quien no tenga miedo a perder el control y quiera dejarse llevar será siempre bienvenido.

8 thoughts on “La habitación de los porros”

  1. Oye, tú no has pensado lo de la decoración de interiores?? Suena muy bien ese plan, pero se te ha escapado un detalle. ¿Dónde está el grifo de cerveza? A esa habitación es lo único que le falta!!! 😛

    Esperemos que no tardes mucho en ponerlo en marcha!!

    Un abrazo!!

  2. Pues no siendo consumidor, no lo veo una mala idea, mas acogedor y mas bonito que un chill out de esos que dicen que estan de moda, si lo montas ya hare como que me paso por Malaga, que desde el 2007 ha llovido muchisimo

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