Reflexiones de domingo: Donde llegas, te quedas

Me he tomado la libertad de tomar prestada la frase que titula este post de una amiga. Me la dijo hace un tiempo y es de esas frases que se me ha quedado bastante grabada. Me honra y mencanta que piensen eso de mi, que me quieran tanto. Hablábamos de mi nuevo trabajo y aunque ella dice que es aplicable en mi caso también a lo que me pasa con las personas yo me quedo con la acepción “laboral” de la expresión. Es curioso la seguridad que puedo llegar a tener en mi trabajo con lo inseguro que soy en general. Sobre todo en mi vida personal.

No sé si os he contado alguna vez que en toda mi vida sólo he cambiado dos veces de trabajo. La última hace apenas 3 meses. Sólo dos veces me he decidido a dar el salto de una empresa a otra y en las dos considero que he acabado bastante bien. He cerrado temas me he despedido bien, he dejado tiempo de sobra y siempre han contado conmigo a posteriori para lo que necesitaran. Y sobre todo de los dos trabajos me he ido yo. Eso, para mi, cuenta mucho y puede que sea lo que me hace un poco creído, como diría también esa amiga del titular. Puedo decir a manos llenas que nunca me han despedido de un trabajo y creo que es un valor a tener en cuenta.

Con mis más y mis menos, mis brocas, mis peleas, mis ganas de dejarlo todo, mis desganas, mis historias… mi vida laboral se resume en 3 empleos hasta la fecha. El que tengo, uno de 13 años y otro de 15. Ahí es nada. Y supongo que me da mucha tranquilidad y confianza. Supongo que eso me mantiene muy lejos de esos miedos que tanto he visto y tanto veo en otras personas a la hora de recibir a gente nueva en una oficina. Miedo a que te desplacen, a que te coman el sitio, a que te acaben haciendo la cama y te despidan. Ese miedo nunca lo he entendido porque nunca lo he tenido. Si, no hace falta que lo digas, dueña del titular: estoy muy subidito.

He visto a mucha gente entrar en mis anteriores trabajos. Me ha tocado formar a muchas de ellas. Algunas en tareas que no eran mías pero que conocía así que les hacía una formación previa. Otras directamente entraban a hacer tareas mías y hubiera sido lógico que pensara lo que piensan muchas personas: voy a enseñarles lo justo que si no me van a quitar el puesto. Intentar enseñarles poco, mal y que o se aburrieran o no cuajaran. Nunca he servido. Una vez una persona, sólo una, me ha acusado de hacerlo. Para mi no era yo el mal profesor o que no quería enseñar sino que hay alumnos y alumnos, pero ese es otro cantar.

La cuestión es que jamás he tenido miedo de perder mi puesto de trabajo, lo que no significa que fuera imprescindible. He salido de las dos empresas y no se han hundido pero sé que mi trabajo lo sé hacer bien. Y lo que no soy capaz de hacer, que por supuesto lo hay, soy el primero en reconocerlo y ponerlo de manifiesto para evitar problemas a la larga. No quiero hacer un trabajo mal y si no valgo para un puesto prefiero que se me reubique. Ha pasado.

La cuestión es que siento que donde llego me quedo. Siento que me adapto al trabajo y sobre todo siento siempre que cuando llega alguien nuevo es para aportar, no una amenaza para mi trabajo. La gente que se pone a la defensiva, que intenta infravalorar el trabajo de los nuevos para hacerse valer, que intenta poner zancadillas para quedar por encima… me parece triste. Me parece que no confían lo suficiente en si mismos y tienen miedo a que alguien sea mejor.

Yo no me considero el mejor pero sí que me considero bueno. Muy bueno. Sobre todo cuando aprendo. Tengo lagunas, tareas que se me atraviesan, cosas para las que no soy capaz, pero conocer tus puntos débiles te hace más fuerte. Nunca he tratado ni nunca trataré de despreciar a los demás en un trabajo. Nunca he sentido mi puesto amenazado por los demás. Lástima de esas personas que no confían lo suficiente en sí mismas.

Curioso que tenga tanta confianza en esa parte de mi cuando en tantísimos aspectos de mi vida soy tan inseguro. Pero en lo laboral y hasta la fecha donde llego, me quedo.

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