Mi Málaga

MalagaTengo que confesar que nunca he sido ni soy demasiado «patriótico». Eso de tirar para la tierra, los nacionalismos, localismos y tal me parecen cosas del pasado. Las fronteras cada día son más difusas en este siglo XXI y la globalización llega a más y más sitios cada vez. Así son las cosas y así me he sentido siempre: ciudadano de un lugar llamado mundo, como reza el slogan de las cervezas. Sin embargo, cada día más, mi Málaga es mi Málaga.

Y mira que hay cosas de mi Málaga que no me gustan. Hay gentes que no, barrios que no, personajes que no… El flamenco puro no es lo mío. Ni los verdiales, ni el «merdellonerío» de cierta gente, muy de aquí, No soy de las conchas finas, si de los boquerones fritos. No soy muy de Marisco, ni del Málaga CF (no soy de fútbol en general). Odio el terral, la Semana Santa, el calor de la feria y detesto la playa (que no el mar, que me encanta). Pero aún así mi Málaga es mi Málaga.

El otro día Antonio Banderas ensalzaba virtudes de su tierra. De España y más concretamente de su Málaga, mi Málaga. Lo mucho que le debe a esta tierra y cómo siempre que puede vuelve a ella, como si de su particular Tara se tratase. Y le entiendo. Sin ser demasiado Malaguista si que necesito mi tierra. Su mar, su gente, su centro histórico, sus montes, sus ventas, su plato de los montes…

Pasear por el centro sin rumbo, descubrir rincones, escaparates, gentes. Sus tascas centenarias como La Casa del Guardia, o esos barriles firmados por todas las estrellas en El Pimpi. Sus cientos de bares de todo tipo forma y color. El olor a frituras de algunos garitos y el fino aroma a vino de otros. Ese centro lleno de vida, de gente paseando y haciendo fotos por doquier. Esas plazas, mejor o peor cuidadas, pero donde el sol de invierno es lo mejor del mundo.

Entrar de tienda en tienda. Desde las franquicias más habituales hasta el pequeño ultramarinos de toda la vida en plena plaza de Felix Sáenz. Pasear por el Mercado de Atarazanas, el teatro romano, la Alcazaba, ese nuevo Soho, ese Muelle Uno que se llena de familias paseando cada vez que sale el sol, como si fuéramos caracoles.

Me gusta el tamaño de mi Málaga. Me gusta que se pueda ir andando casi a cualquier parte. Me gusta que haya Metro, aunque sea escaso por ahora y sin cobertura de móvil. Me gusta que haya tanta zona peatonal. Que siga teniendo barrios que se reconozcan marineros aunque ya allí no suelan vivir pescadores.

Me sentí muy orgulloso cuando en la gala de Los Goyas ni Antonio Banderas ni Dani Rovira sintieron la necesidad de ocultar su acento malagueño, pesara a quien pesara, porque son de Málaga y se sienten orgullosos de serlo. Debemos sentirnos orgullosos. Yo me siento muy orgulloso de mi Málaga y de su acento. De nuestros perita, vieho, chalaura, campero… De los molletes de antequera y la «zurrapa», de nuestras 10 formas de pedir un café…

Y nunca voy a renegar de viajar, nunca pelearé por nacionalismos absurdos, nunca diré que ninguna tierra es mejor que ninguna, pero si diré muy en alto que soy de Málaga, para lo bueno y lo malo, y confieso que cada vez me gusta más. Así que me llena de orgullo y satisfacción decir que mencanta mi Málaga

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