Ben, mi yo del pasado

En alguna ocasión os he contado que mis post suelen ser bastante desbocados. Una idea me surca la cabeza, a veces de manera repentina y otras durante algunos días, y en un momento dado me siento ante el ordenador y todo surge. Las palabras salen sin demasiado control, los sentimientos afloran y mis dedos recorren las teclas siguiendo su propio rumbo. Es fácil, sólo es cuestión de dejarse llevar. Sin embargo este post lleva días rondando en mi cabeza y no sé como sacarlo, aunque sé que necesito hacerlo.

Ni siquiera sé como titularlo(ahora mismo pone “Mi yo del pasado” pero veo probable que cambie de aquí al final del post). Empiezo por lo empírico, los hechos. El hecho, más bien uno, es que estoy releyendo It. Ya os lo comenté en uno de mis últimos post. Sí, sigo con él. Soy terriblemente lento en esto de la lectura y con el paso de los años y mi falta de práctica mi cerebro se va atrofiando y aunque lo disfrute me cuesta. Me he acostumbrado al texto rápido de Facebook, a los titulares de las noticias, al twit… leer tanto me agota mentalmente. Pero a lo que voy: sigo leyendo y disfrutando. Y sufriendo. Porque tenía una vaga idea de que me identificaba con uno de los personajes pero hace unos días leyendo unos pasajes me estremecí pensando que ese era yo. Yo era ese niño, exactamente ese niño. Y con el paso del tiempo me he convertido en alguien ligeramente parecido a quien ese ese niño en el futuro. Y me da un poco de miedo encontrarme con eso.

Ben Hanscom. Ese era yo. El niño que fui a finales de los 70 y primeros de los 80 es ese que sale en el libro. Ese físico. El gordo de la clase, el torpe, el que hacía de portero en los partidos porque no era capaz de correr, el que recibía collejas de los ágiles, el que insultaban, llamaban tetas gordas, pegaban en el patio, robaban el bocadillo, ignoraban a la salida… ese era yo. Ese al que los profesores tenían cariño porque se portaba bien y el resto de la clase odiaba por pelota. Ese al que nadie se acercaba demasiado en público.

Yo era el que soñaba con la niña guapa, el que hacía el bien en secreto, el que escribía notas a la chica que le gustaba (lo llegué a hacer incluso en el instituto) y esperaba secretamente que ella un día se diera cuenta de que era yo quien la amaba de verdad y me diera ese beso cálido en los labios. Ese primer beso que tantos años tardé en dar y recibir. Fue leer un momento así en el libro el que me golpeó y me obligó a mirar en ese yo del pasado que tan olvidado enterrado tengo. Fue leer como Ben enviaba la carta a Beverly e iba por la calle en su propio mundo ajeno a todo lo que pasaba a su alrededor. Soñaba despierto con ese beso de Bev. Como ella descubría que el anónimo que había recibido era suyo y le confesaba entre susurros que ella le amaba. Que no le importaban sus tetas, sus enorme barriga, su culo gordo. Nada le importaba porque sabía mirar dentro y le amaba. Y le besaba. Soñaba con todo detalle ese beso, esos labios, ese cariño. No eran sueños eróticos, no. Era totalmente puro.

Leía y recordaba. No se llamaba Bev, ni siquiera sé como se llamaba, pero soñaba con enviarle una carta. Soñaba con que no me mirase con cara de asco, soñaba con que fuera mi chica. Soñaba con ese beso, con tener la ocasión algún día de salvarla de alguien, de ayudarla de alguna manera, de convertirme en su paladín para que me amase. Soñaba despierto con ella mientras, a veces y como le pasó a Ben, los Henry Bowers de turno se me acercaban por la espalda para darme el empujón que me tirase al suelo y morirse de risa mientras yo intentaba levantarme sin apenas poder con mi cuerpo. Y claro, mi Beverly nunca me vio más que cuando estaba en el suelo. Y nunca me besó, por supuesto. Y nunca nadie supo de mis sueños hasta hoy, como debe ser. Porque eso nos pasa a los Ben.

Veo fotos muy antiguas de aquellos años y no era una bola de grasa, pero estaba gordo y sobre todo yo me sentía una bola de grasa. Yo me sentía el niño más gordo, feo y desdichado del mundo. Claro, cada uno vive en su mundo y yo tengo especial tendencia a dramatizar. Mi mente crea lagunas. Mis recuerdos son muy selectivos y mis vida hasta los 16-17 años está llena de lagunas. Recuerdos vagos de mis juegos con Eulogio, Alicia, Eugenia, Felipe… Recuerdos muy muy vagos de mi vida en casa. Recuerdos sueltos, muy sueltos, y muchos de ellos en soledad. Con mi Commodore 64, con mis libros de Los Cinco, de Julio Verne, mis Don Mickeys, mis tebeos de Mortadelo y Filemón, mi manual de Patomás y los manuales de los Jóvenes Castores.

Yo fui Ben Hanscom. Yo era el gordo solitario y empollón, el cuatro ojos. Yo me refugiaba en la faldas de mi madre, en mi casa, en mi mundo. No recuerdo casi nada de mi infancia. Siempre digo que no fue mala, tampoco digo que fue buena. Simplemente para mi apenas existió. Una de mis hermanas me comentó que no fue nada buena. Que en casa pasaban cosas. Que no es posible que no las recuerde. Os juro que no. Mi mente ha hecho un gran trabajo borrando esa información. Sólo quedan retazos de mi vida como Ben.

No sé por qué cuento esto ahora. Supongo que porque lo leo y aunque me aterre recordar aquello, lo que fue y lo que fui, es parte de mi y me alegra que haya pasado. No queda apenas nada de aquel Ben que fui. Sólo recuerdos y algunas inseguridades que, por más que intento, no desaparecen del todo. Pero al igual que el Ben del libro, he crecido. He madurado y cambiado física y mentalmente. Ahora apenas quedan sombras de lo que fui y eso me alegra. Porque la vida es crecer y mejorar, con eso me quedo. El pasado, pasado está y ahora me gusta el Dagarín que soy. Adiós Ben Hanscom.

2 thoughts on “Ben, mi yo del pasado”

  1. ¡Que curiosos los recuerdos infantiles eh! Como la mente es capaz de borrar las pistas malas sin darnos cuenta apenas, pues yo, en el colegio no era tan distinto, no estaba gordo, pero gafotas y empollon era, y para jugar a futbol, casi no me querian ni de poste, aunque tuviera suerte con los abusones, hasta cierto punto, y aun asi, creo que tuve una buena infancia en un pueblo pequeño.

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