Fábula del hombre y el gato

Me contaron hace un tiempo esta fábula que, como buena fábula, tiene su moraleja. Me apetece compartirla con vosotros. No la recuerdo exactamente y la adapto a los tiempos que corren pero espero que captéis la idea y el mensaje así que vamos allá.

Erase una vez un hombre…

… que iba conduciendo de noche por una carretera secundario, o puede que terciaria. Pongamos que era un técnico informático que había pasado todo el día y parte de la noche en una cooperativa olivarera en un pueblo perdido en la frontera interior entre Málaga y Cádiz. Almargen, por ejemplo.

No le gustaba conducir de noche y menos por aquel tipo de vías donde todos los parroquianos iban a toda mecha. Él estaba ya acostumbrado a ese camino, eran años ya visitando casi cada semana a este cliente para desarrollar el programa que tenían entre manos. A veces sólo, a veces acompañado. Esta vez le tocaba solo y por tanto volver solo y a esas horas de la noche.

La carretera no tenía cobertura de radio y se había quedado sin señal de móvil. Había pasado por primera vez en su vida a iPhone y ese maldito trasto tenía un conector especial. No le valía ninguno de los cables que tenía para cargar los móviles que había tenido. Para colmo en la cooperativa todos tenían Samsung por un acuerdo con la compañía de telefonía y nadie le había podido dejar un cable para cargar un poco el  móvil. Conclusión, a las 7 de la tarde se había quedado sin teléfono.

En menos de una hora debía estar en casa si no surgían problemas pero, según el tal Murphy ese de las leyes, si algo podía ir mal, iba a ir mal así que a los pocos minutos de ponerse en marcha, pasó.

Una piedra en la carretera y no le dio tiempo a esquivarla. Intentó girar pero acabó pasando con la rueda trasera derecha por encima de la piedra. Notó el salto del coche y escuchó el sonido como de un disparo cuando la rueda reventó. Por suerte no iba muy rápido y mantuvo sin problemas el  control del coche. Unos metros más adelante vio una salida de un camino rural que conducía a una gran casa. Paró ahí.

El gato

Ahí estaba con el susto en el cuerpo, cerca de las 12 de la noche, en el culo del mundo con una rueda pinchada. Maldijo para dentro en un par de idiomas ya muertos y cuando por fin se calmó se dispuso a cambiar la rueda del coche. Tampoco era tan grave.

Todo debía estar en el doble fondo del maletero: minirueda de esas que no te dejan correr (él de todas formas cada día era menos de correr) y todas las herramientas necesarias. No era la primera vez que le tocaba cambiar una rueda pero Murphy no estaba por la labor de ponerlo fácil. Vistazo rápido y ahí estaba la rueda, la llave…. y el hueco del gato. El gato no estaba. ¿Qué cojones pasaba?

De repente le vino a la cabeza cuando le llamó su amigo para decirle que había pinchado y se le había roto el gato. Le vino a la mente claramente cómo fue con su coche y en modo comando sacó todas las herramientas y entre los dos cambiaron todo en cuestión de cinco minutos. Igual de claro le vino a la cabeza cómo habían recogido y habían tirado SU gato en el maletero de SU amigo en lugar de en el suyo. “Ya lo recojo, que tengo el maletero lleno y me ha costado la vida sacarlo. Paso de ponerme a guardarlo“. Y allí llevaba, o debía llevar desde hacía más de un año.

La casa

12 de la noche, carretera más que secundaria, no tenía mucha esperanza de que nadie pasara por allí a auxiliarle. Vio que al fondo del camino había una casa. La típica casa de campo, no muy grande, que en circunstancias normales le parecería ideal para pasar un fin de semana con amigos. Dos plantas, un buen camino de entrada, una buena zona exterior… la luna llena a veces era mejor que el sol y veía bastantes detalles.

Le pareció intuir luz en una de las ventanas de la planta superior así que no perdía toda esperanza de salir de aquella sin tener que esperar horas a que alguien pasara y se dignara a parar. Apenas 100 metros de camino y ahí debía tener salvación. Seguro que tendrían teléfono para llamar a la grúa o al menos un coche con un gato. Sí, eso sería suficiente, no quería molestar pidiendo el teléfono así que comenzó a caminar hacia la puerta.

El paseo

Por el camino iba imaginando las posibles conversaciones. Qué ridículo se sentía. ¿Cómo había acabado en aquella situación, teniendo que molestar a alguien en su casa a media noche? Menudo susto le iba a dar. Esperaba que fuera una familia porque si era una persona sola el susto sería mayor.

Se imaginaba teniendo que dar explicaciones. Le preguntarían cómo es que no tenía teléfono móvil y tendría que explicar que había sido poco previsor, el cambio de móvil, etc. Le preguntaría cómo era posible que se pusiera en carretera sin gato, sabiendo que no lo tenía, y tendría que explicar que no se acoraba, que había sido una emergencia. Y tendría que aguantar la mirada condescendiente y haciéndole sentir culpable de aquel señor en pijama, con un palo en la mano porque seguramente habría acudido a recibirle asustado con un palo o quizás algún otro arma aún más contundente.

Y tendría que escuchar cómo había tenido mucha suerte de que le pasara ahí, que si le llega a pasar con el vecino que estaba a 2 km no le dejaba el gato pero que él era buena gente y se lo iba a prestar. Que ya que le había despertado a él, su mujer y los dos niños qué menos. Pero que debía tener más cuidado. Que no se puede molestar a la gente así. Que también podía haber esperado a que pasara alguien por la carretera, que tampoco eso es el desierto, antes de molestar a una familia…

No le apetecía escuchar reproches de nadie y menos de un desconocido, bastante mal se sentía. Se imaginaba aguantando aquel chaparrón de quejas de aquella persona por haberle molestado y pedido un gato hidráulico y se iba enfadando. No tenía necesidad de dar explicaciones, las cosas a veces pasan, pero aquel señor le iba a hacer sentir muy culpable.

Y todo eso y mucho más pasaba por su cabeza mientras recorría aquel trayecto, antes siquiera de llamar a la puerta. Cuando finalmente llamó y abrió un señor vestido aún con ropa de calle como de no haberse acostado aún, tras aquellos minutos de reflexión lo único que salió por su boca fue un sonoro “Te metes el gato por el culo” y se dio media vuelta.

Moraleja

Nuestra mente tiene tendencia a imaginar lo peor como mecanismo de defensa. Así estamos preparados para que lo venga y no nos pilla desprevenidos, pero a veces se nos va de las manos. A veces somos tan “previsores” que ni damos opción a que las cosas no sean así de malas.

La moraleja sería que aunque estemos preparados para lo malo, también debemos estar abiertos a que ese amable señor nos preste el gato sin problema y se venga a echarnos una mano. Porque las cosas buenas también pasan, pero hay que dar esa oportunidad y no calentarse la cabeza ni dejar volar la imaginación más de la cuenta

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