Reflexiones de domingo del día de la madre: La bolsa perfecta

Las madres no son perfectas, ninguna lo es. Son personas y como tales tienes sus más y sus menos. Como tú que me lees, como yo que te escribo. Seguro que tu madre no es perfecta. O era, según sea el caso. Y lo digo con todo el respeto y el cariño del mundo hacia tu madre, querido lector/a. Mi madre, por supuesto, no lo era. Gritaba demasiado demasiadas veces, era muy protestona. Ese era, sin duda, el mayor defecto que puedo recordar de ella. Le gustaba quejarse demasiado por cosas que tampoco tenían demasiado sentido a veces. Pero como te digo una cosa, te digo la otra: había mil cosas en las que era perfecta.

El otro día estaba revisando cajones con papeles, todavía quedan cajones con papeles por revisar de mi madre 3 años después de su fallecimiento (inciso: hace poco descubrí que en inglés se usa la expresión “passed away” para decir que alguien ha fallecido y me encanta esa forma de expresarlo). Todo estaba perfectamente organizado. Mi madre era muy organizada para sus cosas y sobre todo hay un detalle que recordé viendo esos papeles y que no hace mucho me trajo a la memoria una amiga: la bolsa perfecta.

Mi madre siempre tenía la bolsa perfecta para cada cosa. La bolsa, cartera, funda, carpeta… lo que hiciera falta. Mi madre siempre encontraba esa bolsa genial donde llevar las radiografías al médico sin tener que doblarlas para que no se estropearan. Daba igual de donde fuera, ella encontraba esa bolsa. O para llevar una lata, cargar con el abanico y las llaves, donde guardar las escrituras de la casa para llevarlas al notario… El sobre donde guardar el dinero con el que le pagaba al cobrador de Procono. La carteríta justa para llevar la tarjeta de la Seguridad Social y el DNI para cuando fuera al médico o al hospital. La carpeta perfecta para guardar los ahorros y que no parecieran dinero. Así todo. Siempre encontraba la bolsa perfecta.

Tenía ese don especial, o arte, o paciencia o como lo quieras llamar. Lo mismo que lo tenía, como creo que ya te he contado alguna vez, para preparar bocadillos. Se entretenía el tiempo que hiciera falta untando la mantequilla, el paté o la Nocilla para que en ningún sitio hubiera más que en otro, todo perfectamente colocado. Se entretenía en cortar los flecos del queso o la tortilla para que no salieran por los bordes del pan. Los recortaba y los volvía a colocar dentro para que en todas partes hubiera relleno, nada de dejarlo caer a lo loco.

Si, esas cosas tenía mi madre. Por supuesto que no era perfecta,  nadie lo es, pero días como hoy me vienen a la memoria sus momentos de placer con unos tejeringos y un café con leche. Guardando el sobrecito de azúcar liado en una servilleta en el bosillo o en alguna bolsa perfecta de las que solía llevar. Hoy, como casi siempre, me acuerdo de lo mucho bueno que aún me queda en la memoria de ella. Y no, no lloro, antes de que me lo preguntes. Lo recuerdo bien y sonrío. Ayer tomé tejeringos a su salud porque seguramente hoy hubiéramos desayunado churros en algún sitio y comido en El Pavonne todos juntos para celebrar el día de la madre. Y no me entristece que no esté, la muerte es parte de la vida. Recuerdo su capacidad para encontrar la bolsa perfecta y hacer el bocadillo perfecto y sonrío. Mejor así.

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