De vinos y clientes

VinoLo mío con el vino es una especie de relación de esas no consumadas. Esos amores de infancia o de juventud en los que siempre subyace cierta tensión sexual que nunca se acaba de liberar. Lo mío con el vino es pasión no desarrollada. No sé si por pereza, no sé si por exceso de respeto. No sé, algo me sucede con esa bebida que asocio unos recuerdos bastante especiales. Esta noche me han venido dos a la cabeza.

El primero ha sido ahora mismo, mientras empezaba este post. Ya sabéis que estos post nocturnos son así, sin orden ni concierto. Pensando en mi relación con el vino el primer recuerdo que tengo de alguna bebida alcohólica es una pequeña botella de vino dulce. Me acuerdo perfectamente que me tocó en la feria. Esas tómbolas que había, no se si siguen habiendo, en las que tiras de una cuerda entre un manojo que hay y aparece la sorpresa por detrás. No eran grandes premios pero las sorpresas siempre gustan así que convencí a mi padre para que me dejara tirar de una cuerda. Me salió una botella de vino dulce.

No tengo ni la más remota idea de que edad tenía. Si 5-7-8 años. No más, seguro. Pero claro, el feriante me la dio. Hoy en día lo llevan al calabozo fijo por incitar al consumo de alcohol a menores. La cuestión es que era mi premio así que era para mi. Y me la bebí, claro que si. Era mi tesoro pero mis padres eran responsables y no era plan de zampármela entera así que me la fueron dosificando. De vez en cuando en un vaso de revoltosa echaban un chorrito de vino para mi.

Supongo que aquella botella que no daría ni para un vaso a mi me duró semanas, pero me encanto. No me llegué a emborrachar pero ese fue mi primer contacto con el vino y el alcohol.

Y el recuerdo que me ha traído a esta silla a compartir un post con vosotros ha sido abrir una botella de vino. Monsálvez, un Ribera del Duero que he encontrado en Erosky a muy buen precio y que me ha parecido delicioso. No sé porque pero me ha dado por quitarle toda la banda de arriba, donde aparece la bodega y tal. Ha quedado la botella pelada y he recordado las botellas de vino que me regalaba el Sr. X. cada navidad. Bueno, alguna navidad.

El Sr X, me vais a perdonar que por respeto no diga su nombre pero sé que muchos de mis lectores lo reconocerán, es posiblemente el cliente y persona más… “complicado” que me haya encontrado jamás en mi vida como programador. Un personaje capaz de hacer llorar a tipos del tamaño de roperos empotrados o de buscarse que entre 5 tuvieran que sujetar a otro para que no le zurrase. Capaz de crear el peor ambiente laboral que he había visto en mi vida. Una nube gris cubría el ambiente de aquellas oficinas cuando él entraba. La gente miraba sus pantallas o libretas como si sus vidas dependieran de lo que allí apareciese. En cierto modo era hasta cierto. Se notaba terror allí.

El Sr X, por algún extraño motivo, llegó a congeniar conmigo. Tuvimos nuestros más y sobre todo nuestros menos. Llegó incluso a gritar que no quería volver a verme por allí jamás. Sin embargo nos teníamos respeto. Igual peco de pre-potente pero llego a pensar que quizás incluso algo de cariño. Nunca llegamos a tener ningún enfrentamiento directo fuerte como los que le vi a otras personas, muchas otras personas.

Sr. Daniel – me decía siempre con cierta condescendencia, como un padre aleccionador a su hijo- usted es el que sabe. Yo era un niñato de veintipocos años y el todo un Sr. X de edad indeterminada pero seguramente triple de la mía. El simple hecho de que me llamara Sr. Daniel me imponía. Nunca se case Usted, Sr. Daniel. Que las mujeres no son buenas. Y los hijos sólo dan disgustos. Esto solía decirlo cuando su hijo, que trabajaba allí, andaba cerca. Cuantas broncas fraternales viví, madre mía.

Sr. Daniel, venga usted a mi despacho un momento. -me dijo un día. Era cerca de navidad y yo fui a uno de los imponentes despachos que le conocí. No solía entrar en ellos y daba mucho respeto. Cierre usted la puerta, me dijo con su voz siempre seria pero extrañamente calmada. Cerré y me senté. Esto que no se entere nadie, Sr. Daniel. Y se agachó hacia un lateral de su sillón. Puso una caja blanca encima de la mesa. Grande. Sin más indicativo que las flechas que señalan donde es arriba y donde abajo.

Este es un vino que embotellan especialmente para mi, de mi bodega particular, y quiero que lo disfrute usted con su familia a mi salud. 6 botellas de vino. Casero. Sin marca. Que luego descubrí que sabían a gloria. De su cosecha particular. Y me sentí tan especial por ver que esa especie de ogro tuviera ese detalle tan exclusivo conmigo que no supe ni como reaccionar. Le di las gracias, le dije que no hacía alta, bla bla bla…. No sé. Recuero más sus palabras que las mías.

Hoy al ver esta botella sin la cinta me he acordado de aquellas seis botellas, que por supuesto estaban exquisitas. Algún año más cayó otra caja y alguno botella suelta, supongo que realmente era su “valoración” del año. Por supuesto no era el único que recibía aquellas botellas, pero si es cierto que no a todos se las daban. Sea como sea, otra muestra más de que el vino y yo siempre hemos estado extraña e intensamente unidos. Y de que los ogros, mas en el fondo o menos, al final son personas.

14 thoughts on “De vinos y clientes”

    1. Me das un poco de miedo. Estas muy en mi mente.

      Es justo la pregunta que me hice al terminar de escribir. Voy a intentar responderla en el día de hoy 🙂

    2. Pues me confirman mis fuentes que el Sr. X sigue vivo. Supongo que retirado de todo el bullicio y al frente de todo ese hijo que educó para ser a su imagen y semejanza

  1. No suelo beber, me hace demasiado sincero.
    Que las mujeres no son buenas? jeje Quiero pensar que el Sr. X lo diría con cariño, en caso contrario sacaría la katana y le aplicaría la frase de John Lenon: “Como ya es usual, detrás de cada idiota siempre hay una gran mujer”. Aunque me gusta más la de A. Machado: “Dicen que el hombre no es hombre mientras no oye su nombre de labios de una mujer” pero a lo mejor no lo entiende jajaja
    Ogros ≠ personas…sigo profundizando.

  2. Cuando a mi me “obsequio” con una caja de vino el Sr. X, me sentí muy mal, no quería aceptarla, después de ser una persona tremendamente mala, pretende hacerme creer que no lo es.
    Este tipo de “regalos” siempre llevan trampa.

    Y estoy de acuerdo en que fue el peor con diferencia. Se que no dices quien es por puro miedo.

    Abrazos.

    1. A estas alturas ya uno no tiene miedo y menos a ese tipo de personas. Pero respeto hay que tener por todo el mundo, por muy mal que en ocasiones nos lo hiciera pasar y se lo hiciera pasar a ciertas personas.

      Lo de los regalos envenenados… este no lo vi así nunca. Otros, de otros clientes, si que lo intentaron ser.

      Abrazos!!

      1. Dagarin, reconozco que no soy tan generoso como tu. He conocido elementos como el Sr. X, no se merecen el más mínimo respeto sino como muy poco la indiferencia.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.